Me gustan tus paradojas
porque son unos labios canallas
o un cigarro cínico
o el borde de tu pudor
bajo una media calada,
o a veces
sólo un deseo irreprimible
de emprenderla a zarpazos
con tu ausencia.
La calle está a punto de caramelo
y recuerdas la última esquina
estremecida por tu sombra.
Ahora o nunca. Sonríes.
Al abismo juegas
con las cosas más tontas: un vaso de vino,
el silencio de un ascensor,
tres o dos fotos,
un gato,
tú,
la noche,
o dejarse abierto el grifo
y tener que limpiarlo todo
con periódicos viejos.
Suena el teléfono
a las cuatro de la madrugada
y es conferencia de Brasil,
con acento de samba sensual- lo juro-.
Preguntan por una que no resulta ser tú.
Te paras a pensarlo y lo encuentras todo tan natural
que abres la nevera para apagar la risa con una botella.
Así que ya lo sabes, paradójica,
vertiginosa -¡palabra!- invertida.
Paseas por la calle,
a punto de caramelo.
El teléfono llama.
Ahora o nunca.
Las palomas parecen tan delicadas
mirándote por la ventana
que cualquier día
las devorarás
con la exquisitez
de un tigre enamorado.