Tuesday, April 14, 2015

DESPERTAR (Abril de 2015)



DESPERTAR (Abril de 2015)


Es temprano.
Espío la calle desde la ventana.
También
te veo  en la cama ,
envuelta en la manta,
cubierta por la colcha,
mientras apenas entra la mañana por las cortinas.
Todavía no sabemos ni tú ni yo
que en unos días te diré "te quiero" por el teléfono
y también "te añoro"
y "me gustó tanto tanto
que reposaras abrazada en mi pecho",
y yo no sabré muy bien
cómo leer tu respuesta de silencio
y tu bye al teléfono.
Me dirás: "mira, andas aprensivo"
y yo te diré que no,
y tú me dirás que sí,
que quieres decir que ando ansioso.
Yo te diré que "acaso sea de amor",
"ansiedad de amor",
y me enojaré un tanto
y te escribiré una carta
para decirte que tal vez es que
no tenías más que ganas de hombre, pero no de amor,
y tú me dirás que esa parte de la carta
"es muy muy ofensiva"
y que te arrepientes de cosas
y que quizá nos precipitamos.
Yo te diré que no, que no,
que no es eso,
y que "tal vez es que no quiero perderte",
que no me gustaría perderte.
Entonces recordaré
tu vestido de colores geométricos,
tus botas tiernas sobre el piso,
tu mano y tu piel, tan suaves,
tu rostro velado de placer, joven de gozo,
y palabras incendiadas en los labios encendidos.

Yo todavía no sé que todo esto nos va a pasar.

Ahora, junto a la ventana, temprano,
 sólo siento que te quiero,
con la luz velada del inicio del día que entra
a través de la cortina de esta habitación de hotel,
mirándote  mientras duermes aún en esa cama enorme, infinita,
en la que envuelta en manta y colcha
se te ve tan chiquita
que parece que no hay nadie,
 que miro una cama vacía
por la que vas despacio diluyéndote
como en un sueño,
como en un deseo soñado
 que se esfuma al despertar.

Monday, April 06, 2015

SÁHARA (6 de Abril de 2015)

 SÁHARA (6 de Abril de 2015)
(A mi hija, Violeta)


La arena se hacía dedos en tus dedos

y enlazaba sus manos a las tuyas, tímidas.

Palabras mudas habitaban el tacto a la espera.

Paciencia geológica, maestría de silencio,

movimiento lento más allá de los relojes...

 

Hacía un rato que habíamos salido de la jaima
a la jaima inmensa del mundo, azul y negra.
Por el orto la serpiente de luz finísima
se deslizaba tenue desperezándose
y los insectos de plata se alejaban uno a uno
a habitar otra noche.

 

Del silencio mismo de la arena
los dromedarios nos alzaron, mástiles verticales,
en pos de la sierpe blanca que iluminaba el horizonte.
Navegamos despacio hasta el pie de la gran duna,
y las bestias nos posaron, tiernas, sobre el suelo
como si despertáramos, suaves, de un sueño profundo.

 

Yo quería que la arena nos hablase,
que nos contara el secreto de su infinita paciencia,
y viéndote a ti tan escandalosamente joven,
tan expectante,
tan inocente en tus dudas y en tus miedos,
me avergoncé de esperar tal vez yo tanto
o tal vez yo más que tú.

 

En tus ojos vi un brillo que también hice mío,
al acecho, como yo,
de esa serpiente blanca que crecía a lo lejos
y que iba incendiando las almas y la dunas
alumbrándolas poco a poco
hasta que el fulgor de su ojo de cobra
colmase el espacio.

 

Acudieron entonces
a nuestras manos y a nuestros dedos
las arenas apenas encendidas
entre oros y azules.
Así fue, a su modo,
que se quedó su temblor de seda en mis dedos y en los tuyos.

 

Una noche cualquiera en el negro y el azul
de unos desiertos íntimos
despertarán de nuevo sus enigmas transcritos al tacto
y se harán susurros para ti y para mi
y quizá nos dirán ocultos secretos en el fondo del tiempo,
palabras perdidas en la sombra sin nombre.