Un
día me desperté solo,
con una honda, insondable distancia de
todos.
Pero, fijaos, estaba en una cocina.
En ese lugar tan familiar:
el lugar del recuerdo.
Había algo terrible en esa cocina.
Estaba sellada, como un ataúd sellado.
Yo estaba en esa cocina hermética
y todos los recuerdos habían huido.
Estaba con el no recuerdo.
Me daba cuenta de que de mi piel
había huido toda huella de caricia,
de mano de padre,
de mano de madre,
de abrazo de amigo,
de candor de hijo,...
Sobre mi mano sostenía un melón,
una fruta amarilla, abierta y jugosa.
La estaba comiendo
y era fragante y deliciosa,
pero también era un pozo de silencio,
era un dulzor de veneno
que alimentaba mi llanto mudo.
En ese pozo amarillo
me había caído
y era como una mosca atrapada
en un vaso de licor vacío.
MOLICIE
2 weeks ago
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