Recuerdo un cielo de plomo,
y el aire, plúmbeo y caliente,
en torno a mis ojos,
o enganchado a mis ijares,
como espuela.
También, la angustia en el estómago,
como cuchilla
en los segunderos de los relojes.
Las calles, laberintos,
pozos de laberinto,
se prolongaban por las circunvoluciones
de mi conciencia.
Angustia pegajosa. Soledad.
Lágrimas de no saber muy bien por qué
el cielo tan de plomo fundido,
tan irrespirable,...
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